Reflexión sobre Joaquín V. González

La complejidad desconcierta a la comprensión moderna: un benefactor, un jefe político, un artista, un criminal o un empresario, deben ser eso y no otra cosa. El hombre múltiple, que ha sido el hombre excelente durante milenios, quizá se esté aproximando a un punto en que su condición, sin ser expresamente negada, llegue a ser inconcebible. Entonces, es de creer, para mencionarlo habrá que apelar a subterfugios: tal vez en algún momento Salomón ya no sea el sabio Salomón, sino un hijo de David.

En nuestra pequeña dimensión es probable que hoy ya ocurra así, por ejemplo, con Joaquín V. González, del que toda nuestra generación ha escuchado hablar –por Mis Montañas, es claro–, pues según los términos indicados, no debe haber existido. El relato de su vida y de sus trabajos, nadie dice que sea falso, pero difícilmente pueda asimilárselo a hecho verdadero.

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Empecemos con una descripción de los rasgos que constituyen esas dificultades de compresión, hecha a partir del reconocimiento de que verdaderamente tales dificultades existen, de que son reales y no menores. La primera es su relación con el tiempo, con el tiempo tomado en su acepción más sencilla, como lapso entre acontecimientos que se van sucediendo.

Veamos: como casi todos los prominentes de su época se dedicó a la política y lo hizo con alguna relevancia: fue gobernador de su provincia, la Rioja, ministro de tres sucesivos presidentes, se halló entre los fundadores del Partido Demócrata Progresista y fue diputado y senador nacional durante una quincena de años. Otros tantos se desempeñó como rector de la Universidad de La Plata, aparte de haber fundado el Instituto Nacional del Profesorado, porque también se ocupaba de pedagogía, y su opinión fue de notorio peso en ajustes y actualizaciones de los planes de estudio en los diversos niveles de enseñanza.

Por supuesto era abogado, doctor en Derecho, profesor y titular de cátedra; redactó de nuevo la Constitución riojana y formuló el primer proyecto de Código laboral elaborado entre nosotros; no lo aprobó el Congreso, pero éste sí admitió y convirtió en ley por un tiempo, su propuesta electoral basada en el sistema de circunscripciones.

Autoridad en derecho constitucional y en historia de la diplomacia, integró la Corte de Arbitraje de La Haya. Asimismo, escribía; citamos ya Mis Montañas, obra aparecida no mucho antes de su muerte, en la que la nostalgia inspira recuerdos y los llena de emoción y de belleza. Recuerdos personales algunos, pero también de personajes y de costumbres, con precisiones prolijas a veces, empeño asumido con la grácil carga retórica del romanticismo tardío. Ese libro es afín a otro, escrito en inusitados versos blancos, Fábulas nativas, en que bajo la figura clásica de los animales que saben lo que saben los hombres, vuelve a despuntar un conmovedor sentimiento de amor por el terruño.

Antes había escrito ensayos: uno –publicado al frisar la treintena– es La tradición nacional, que se cuenta entre los hitos iniciales de la sociología en nuestro medio, singular enfoque –muy en la línea de Taine– de virtudes y de vicios, vistos al trasluz de lo telúrico, el folklore y la historia ; otro es El juicio del siglo, reflexión que tiende a inmisericorde, formulada en ocasión del Centenario, acerca del debe y del haber que llevaba acumulados la Argentina desde los días de su emancipación.

Pero hay una tercera veta en su literatura, constituida por trabajos muy selectivos y circunscriptos de traducción, referidos a cierta poesía oriental a la que se acercó atraído por su hondura filosófica. Esa labor abarca a los Rubaiyat, de Omar Khayan, y a los Cien poemas de Kabir, las dos obras vertidas, por supuesto, desde el inglés, porque a pesar de saber tantas cosas, González ignoraba el persa y el hindi. Sin embargo, de ambas, después de un siglo largo, todavía no hay en nuestro idioma mejores versiones. Vale esto, sobre todo, para los Rubaiyat, cuartetos trasladados por Edward FitzGerald con rima pareada en los dos primeros versos, que se repite en el cuarto, en tanto queda el tercero con desinencia blanca, esquema muy restrictivo que el riojano consiguió seguir al pie de la letra, tomando para el caso al alejandrino como el más asimilable de nuestros metros al modelo del traductor original.

Finalmente, el 21 de diciembre de 1923, el doctor Joaquín V. González falleció cuando tenía 60 años…

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Una pregunta inmediata se nos impone y nos abruma, porque es de imposible contestación, a la vez que relativamente pueril: ¿de dónde sacó este hombre tiempo para hacer tantas cosas? Y en un sentido no ya meramente temporal, sino de espacialidad vital, ¿cómo pudo albergar en sí tantas facetas? ¿Cómo pudo haber repartido su personalidad de tal manera, dedicándola indistintamente y con equivalente eficacia a tres áreas casi antípodas?, que en realidad no son tres sino cuatro: lo académico, lo político, lo reflexivo y lo poético, esos dos últimos componentes englobados en lo literario.

Hilando más fino: ¿un político puede ser a la vez crítico social? ¿La ceguera arquetípica del jurista se aviene a coexistir con la visión exacerbada del esteta? ¿El pragmatismo del docente cuadra con la libertad del diletante? Naturalmente están también, de por medio, las contradicciones ineludibles; no hace mucho, el anciano Henry Kissinger confesaba haber responsablemente postulado como político cosas que no podía comprender como historiador. Y no es difícil advertir que González solía pagar tributo a necesidades con seguridad premiosas pero ajenas a su naturaleza: así, el promotor del primer ordenamiento laboral en la Argentina era, en verdad, un abstraído hidalgo provinciano, y el gran impulsor institucional que fue de la pureza y la verdad del voto, veía con profundo descreimiento lo que entendemos por democracia: “el triunfo del sufragio universal es el triunfo de la ignorancia universal”, es frase suya.

Que algo no sea congruente desde nuestro punto de vista, no quiere decir que no pueda serlo desde algún otro; no en especial los individuos, porque no todos somos tontos, pero sí los grupos y clases sociales tomados como conjuntos, donde predominan lo gregario y los actos reflejos, de manera casi inevitable son grandes inculpadores de todo lo que es diferente a lo supuesto por sus expectativas.

Por otra parte, convengamos, tampoco es fácil adentrase en el pensamiento ajeno y menos en un pensamiento ajeno arcaico: se requieren claves y el atisbo de indicios que ayuden a utilizarlas. Esta indagación no pasa de sopesar unas cuantas circunstancias inconexas y sin embargo hallo que algo aclaran –al menos para mí– acerca de “quién era” el que habitaba en la personalidad de Joaquín V. González.

No es muy significativa la biografía: 1880, Nonogasta, Chilecito, La Rioja, capital, la “Casa de Trejo” en Córdoba…Después, el Buenos Aires que estaba dejando de ser “la gran aldea”: edificios públicos rodeados por casas bajas, algunos ricos, bastantes extranjeros, e inmensas afueras con lodazales.

Nada de eso dice gran cosa, aunque sí señala una variedad de ambientes acaso estimulante y puede que hasta sugestiva en cuanto demostraría que la sociedad es capaz de protagonizar cambios. Y a sus estudios y experiencias hay que añadir que contó con otra fuente de formación importante, derivada de la filiación partidaria de su padre y de la que abrevó desde su primera juventud: la Masonería, en la que durante toda su vida tuvo participación destacada. Activamente colaboraba en las publicaciones internas de las logias, organizaba sus bibliotecas y era el que dirigía los debates cuando se abordaban temas educativos; es más, hay hasta poesías suyas de inspiración masónica como un Canto al trabajo y un Canto a la libertad de conciencia, curiosidades de un pensamiento social avanzado y antirreligioso, que en realidad no sería demasiado compatible con sus conocidas miras conservadoras y con su relación de simpatía emocional hacia las devociones populares.

Naturalmente, buscaría aquello que más halagara a sus propensiones: en lo doctrinario nuestras logias rondaban entre el cientificismo de cuño inglés, lo garibaldino hazañoso y detonante, y el republicanismo francés, y es evidente que lo influyó, en primer lugar, este último.

Hemos mencionado afinidades con Hippolyte Taine; hay otras, marcadas, con Ernest Renan, si bien no extendidas a todo. Así, si el autor de la Vida de Jesús era sin tapujos racista y tenía en muy baja consideración a los aborígenes americanos, esto no pasa en absoluto con González, tenazmente adherido por lazos de cariño no sólo “al criollo de las sierras”, sino también a la mitología del antepasado guerrero, indio libre entre sus peñascos hasta la llegada de los fanáticos antepasados de quien contempla y rescata aquella libertad antigua.

Precisamente, esa incredulidad de fondo es probable que facilitara su adscripción al juarismo, junto con otros notorios miembros de su generación –o algo mayores, algunos –como Estanislao S. Zeballos, Eduardo Wilde, Roque Sáenz Peña, Juan Agustín García y Ramón J. Cárcano. Juárez Celman era el progreso y el laicismo militante y rampante, y en ese tiempo González encara un estudio acerca de una eventual reforma constitucional, con énfasis primordial, según es lógico, en la necesidad de separar la Iglesia del Estado.

Pero Juárez cayó pronto y de mala manera, y el liberalismo radicalizado se convirtió desde entonces en fuerza marginal de la política argentina, situación peculiar que posiblemente influyó en el “escepticismo” de muchos de quienes compartían sus postulados, y que por su edad tuvieron una prolongada supervivencia activa. Se me hace que ese escepticismo defensivo estaba muy presente en González y puede haber sido una de las causas que lo llevaron a prodigarse en cosas diversas, siempre como picoteando: era un político pero, en tanto intelectual, no lo era del todo y requería publicar ensayos para terminar de exponer sus ideas. Del mismo modo, tampoco era plenamente un escritor, un pedagogo, un sociólogo o un jurista, sino, acaso, alguien que buscaba en cada una de esas porciones del saber un complemento de las restantes. De ser así, la escasa incidencia que podía tener su trasfondo ideológico en el ámbito entonces absorbente de la política, habría inducido y fomentado su deriva hacia lo más complejo, que asimismo es lo de más improbable aplicación práctica.

Aunque eso de no estar en una cosa y sí en todas, tal vez y bien visto, era el destino posible en este país que era su patria, comarca en la que campeaban valores y potencialidades muy grandes pero también muy incompletos. Puesto en ese medio a ser pleno erudito – función para la que, sin duda, poseía notables aptitudes–, o convertido en refinado agente de la cultura, es evidente que nunca hubiera podido alcanzar sino un nivel discreto. Pienso que en él actuaba con fuerza un pesimismo connatural que, unido a la lucidez, lo instaba al diletantismo. Entre las leyendas del Parlamento se encuentra la de un Joaquín V. González con rostro perdido, apoltronado en su banca: parece que se pasaba sesiones y sesiones sin intervenir en los debates: “medita”, se decía, “piensa”, o si no: “está dormido…” Hasta que un día hablaba y apabullaba con antecedentes y razonamientos y se llevaba toda la sesión.

Fernando Sánchez Zinny

Verano de 2022