De la soledad

“La mayor soledad es la del ser que no ama. La mayor soledad es la del ser que se ausenta, que se defiende, que se cierra, que se rehúsa a participar de la vida humana. La mayor soledad es la del hombre encerrado en sí mismo, en el absoluto de sí, y que no da a quien pide lo que puede dar de amor, de amistad, de socorro. El mayor solitario es el que tiene miedo de amar, el que tiene miedo de herir y de herirse, el ser casto de mujer, de amigo, de pueblo, de mundo. Ése se quema como una lámpara triste, cuyo reflejo entristece también todo en torno. Él es la angustia del mundo que lo refleja. Él es quien se rehúsa a las verdaderas fuentes de la emoción, las que son patrimonio de todos y, encerrado en su duro privilegio, siembra piedras desde lo alto de su fría y desolada torre.”

Vinicius de Moraes

Historia de la “Propaganda”

“Supongamos que en un Estado cierta camarilla quisiera defenderse de una medida cuya adopción respondiera a las inclinaciones de la masa. Entonces esa minoría se apodera de la prensa y por medio de ella trabaja la soberana ‘opinión pública’ hasta conseguir que se intercepte la decisión planeada”.

Sigmund Freud

“Inhibición, síntoma y angustia”, en Obras Completas, A. E. tomo XX, p. 88.

“Se sabe mucho de una sociedad por los famosos que elige”

Woody Allen

Se cita a Hegel, a Lacan y a otros pensadores sobre la dialéctica del “amo esclavo” y la vigencia de ese discurso. “Somos hablados y no hablantes” es una de las frases más repetidas al respecto. Claro esto es consecuencia del pensamiento hegeliano y se refiere al “discurso del amo”. Años después, la cosa siguió generando debates y hasta agrias polémicas. Ferdinand De Sassure planteó la diferencia entre significado y significante, los debates continuaron y Jacques Lacan sostuvo que “La vérité a structure de fiction”, constructo conmovedor, por parte mínima. Si lo que venimos buscando es una verdad, desde los libros sagrados hasta el último tweet que leímos, esto raya con lo angustiante. Pero la cosa –es cierto– viene de largo. No elegimos la lengua (vale decir: un sistema) en la que expresarnos, nos la impusieron, y la comunicación es una función de la especie, en tanto escuchante y parlante. Es por eso que: lenguaje y lengua no son sinónimos, y que todo lo que leemos –como bien nos enseñaba el dulce príncipe de Dinamarca– son sólo palabras, palabras, palabras. Sigue leyendo

Yo recordaré por ustedes

En Lituania, hasta que llegaron los nazis, pasaban cosas como ésta: cuando en algún diario de la capital no recordaban dónde había aparecido algún artículo, llamaban a un joven de veinte años que vivía en un pueblo de veintidós familias y noventa y ocho habitantes, y él les daba la respuesta. Lo llamaban a la oficina de correo del pueblo, él dejaba lo que estaba haciendo, atendía el teléfono, les daba la respuesta (la sabía siempre) y volvía a lo suyo. El joven se llamaba Jonas Mekas, había empezado leyendo todos los libros y diarios viejos que había en su granja, y en las granjas vecinas, y en todas las casas del pueblo, y después siguió ampliando su radio de influencia con una táctica infalible: iba al correo de cada pueblo, relojeaba a los que recibían paquetes con libros o revistas y los encaraba ahí mismo para pedirles si le dejarían leer ese material cuando ellos lo hubieran terminado. A los veinte años había leído prácticamente todo lo que se había escrito en lituano. Además había publicado sus primeros poemas y de tanto en tanto bardeaba al pequeño mundo literario lituano atacando su provincianismo. Pero igual lo llamaban de la capital cada vez que necesitaban algo y él sabía siempre la respuesta, y las cosas habrían seguido así, con el joven Mekas bardeando al pequeño mundo literario lituano y escribiendo sus poemas y atendiendo llamados desde la capital en aquella aldea de noventa y ocho habitantes, hasta que lo agarraron los nazis y lo mandaron a conocer mundo. Sigue leyendo

Suecia esterilizó a «indeseables» hasta hace 25 años para depurar la raza

La conmocionante investigación de la «higiene racial» realizada por el sueco Herman Bernhard Lundborg entre los sami dio «base científica» a la esterilización de «idiotas», indígenas, gitanos y personas vulnerables. Seguidores españoles consideraron al comunismo «un retraso mental».

El primero de los directores del Instituto sueco para la Biología Racial de Uppsala (Suecia) Herman Bernhard Lundborg (1868-1943) lo tenía muy claro: los nórdicos constituyen la raza superior y cualquier clase de mestizaje con indígenas sami de Laponia, romaníes, judíos, tornedalianos, fineses u otras minorías raciales debilitaría al pueblo escandinavo, al que atribuía el mayor grado de perfección humana incluso mucho antes de que nazis como el doctor Mengele trataran de servirse de la ciencia para apuntalar sus desvaríos racistas. Tal y como firma la escritora Maja Hagerman, autora de un libro y un documental sobre los experimentos de Lundborg con los sami, «colegas investigadores de Alemania, que más tarde se convertirían en influyentes expertos raciales y dictarían sentencias de muerte en el Tercer Reich, miraban con envidia a través del Mar Báltico hacia Suecia, donde se había creado el primer instituto racial del mundo». Sigue leyendo

Louis Armstrong

“Un día, mientras Armstrong y su esposa estaban alojados en el Hotel Plaza, se apareció una barra de chiquitos negros de aquí –cuenta Gustavo Bergalli–. Entraron al hall del hotel y le dijeron al recepcionista que querían ver al señor Louis Armstrong. En la recepción les preguntaron: ‘¿De parte de quién?’. A lo que estos chicos contestaron: ‘Somos sus primos’. Para no echarlos directamente, el encargado del hotel llamó a la habitación y atendió el promotor argentino que, sorprendido, le dijo al conserje: ‘¿Cómo los primos?’. Entonces le cuentan a Armstrong: ‘Sí –dice, déjenlos pasar que seguramente son mis primos’. Había como seis o siete. No hablaban inglés, venían a pedirle guita y Armstrong les dio. Un tipo con una generosidad tremenda, como Gardel. ‘Pero Louis… si les dio plata –le dijeron los promotores–, ¿cómo van a ser sus primos?’. Y él, con esa humanidad que lo caracterizaba, les respondió: ‘Son mis primos, de alguna forma son mis primos’”.

El 6 de julio de 1971, en la ciudad de Nueva York, murió Louis Armstrong. Había nacido el 4 de agosto de 1901 en New Orleans, Lousiana, en el seno de una familia muy pobre y en uno de los barrios marginales. La miseria se agudizó cuando su padre, William Armstrong, abandonó a la familia.

Su educación infantil la obtuvo vagabundeando por las calles y trabajando de chatarrero. Siendo aún muy niño pudo ser consciente del terrible odio racial que existía en los Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX. Por primera vez notó que era tratado diferente y, como él mismo contaba, finalmente acabó “comprendiendo que era por el color de su piel”. Pasó su juventud en un difícil vecindario. Desde 1910, cuando fue detenido por primera vez, se vería esporádicamente involucrado en asuntos delictivos. Su madre, dejaba a Louis y a su hermana menor bajo el cuidado de su abuela, Josephine Armstrong, que había nacido esclava y fue liberada después de la Guerra Civil. Sigue leyendo

La muerte de un funcionario

El gallardo alguacil Iván Dmitrievitch Tcherviakof se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville. Miraba y se sentía del todo feliz…, cuando, de repente… —en los cuentos ocurre muy a menudo el «de repente»; los autores tienen razón: la vida está llena de imprevistos—, de repente su cara se contrajo, guiñó los ojos, su respiración se detuvo…, apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y… ¡pchi!, estornudó. Como usted sabe, todo esto no está vedado a nadie en ningún lugar.

Los aldeanos, los jefes de Policía y hasta los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan…, a consecuencia de lo cual Tcherviakof no hubo de turbarse; secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que es, miró en derredor suyo, para enterarse de si había molestado a alguien con su estornudo. Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que un viejecito, sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba cuidadosamente el cuello y la calva con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Tcherviakof reconoció al consejero del Estado Brischalof, que servía en el Ministerio de Comunicaciones. Sigue leyendo

Hamlet ¿La más, o la menos conocida de las obras de teatro?

William Shakespeare nació en Stratford-upon-Avon, Warwickshire, Reino de Inglaterra, (circa) 23 de abril de 1564, según el calendario juliano, y falleció en el mismo poblado el 23 de abril, siempre según el juliano, o el 3 de mayo de 1616 según el calendario gregoriano. Vale decir que vivió durante cincuenta y dos años.

“La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca” (The Tragedy of Hamlet, Prince of Denmark), es la pieza más larga de Shakespeare y una de las más influyentes de la literatura inglesa. Su autor probablemente basó Hamlet en dos fuentes: la leyenda de Amleth, historia que aparece en el tercer tomo de la Gesta Danorum, obra de Saxo Grammaticus del Siglo XII, que refiere a sucesos ocurridos en el siglo VI, en la que figura una versión primitiva de la historia de Hamlet, cuyo protagonista es Amlodi o Amleth; como también una perdida obra isabelina conocida hoy como Ur-Hamlet cuya autoría podía pertenecer a Thomas Kyd o al propio Shakespeare. Sigue leyendo