Soneto

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,

que son dos hormigueros solitarios,

y son mis manos sin las tuyas varios

intratables espinos a manojos.

 

No me encuentro los labios sin tus rojos,

que me llenan de dulces campanarios,

sin ti mis pensamientos son calvarios

criando cardos y agostando hinojos.

 

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,

ni hacia qué poli yerro sin tu estrella,

y mi voz sin tu trato se afemina.

 

Los olores persigo de tu viento

y la olvidada imagen de tu huella,

que en ti principia, amor, en mí termina.

Miguel Hernández

Poeta Español

(30/10/1910-28/03/1942)

 

La Moneda Falsa

Conforme nos alejábamos del estanco, mi amigo iba haciendo una cuidadosa separación de sus monedas; en el bolsillo izquierdo del chaleco deslizó unas moneditas de oro; en el derecho, plata menuda; en el bolsillo izquierdo del pantalón, un puñado de cobre, y, por último, en el derecho, una moneda de plata de dos francos que había examinado de manera particular:

«¡Singular y minucioso reparto!» –dije para mí.

Nos encontramos con un pobre que nos tendió la gorra temblando. Nada conozco más inquietador que la elocuencia muda de esos ojos suplicantes que tienen a la vez, para el hombre sensible que sabe leer en ellos, tanta humildad y tantas reconvenciones. Encuentra algo próximo a esa profundidad de asentimiento complicado en los ojos lacrimosos de los perros cuando se les azota.

El don de mi amigo fue mucho más considerable que el mío, y lo dije: «Hace bien; después del placer de asombrarse, no lo hay mayor que el de causar una sorpresa.» «Era la moneda falsa», me contestó tranquilamente, como para justificar su prodigalidad. Sigue leyendo

Miguel Hernández

En medio de una de las peores crisis que recuerda la historia española el calendario marcó a mediados de 2011 los setenta y cinco años del inicio de aquella tremenda guerra civil. El bando vencido realizo algunos actos y los pocos sobrevivientes pudieron ver con cierto orgullo flamear su bandera, la republicana, entre los miles de jóvenes indignados de la Puerta del Sol de Madrid o de la Plaza Catalunya. Flameaba por allí cierta poesía, la de Federico, la de Machado y la del querido y dolorido hasta el final, Miguel Hernández, el poeta que sobrevivió a la guerra, pero no a la pena, ni a la cárcel ni a saber que su hijito Manuel Miguel pasaba hambre y se alimentaba “con sangre de cebolla”, aquel niñito que le quitaba soledades y le arrancaba cárcel, al que estaba dispuesto a traerle la luna cuando era preciso y le pedía a aquel hijito que no se derrumbara, que no sepa lo que pasa ni lo que ocurre. Años de humillación de su amada Josefina Manresa, recorriendo las distintas prisiones donde los asesinos de Federico, los exiliadores de Machado que lo mandaron a la muerte, lo iban confinando en condiciones cada vez peores. La guerra también, y sobre todo, la habían declarado los herederos de la Inquisición a la poesía, al teatro, al amor y como dijo un íntimo de Franco, Millán de Astray, a la vida, cuando proclamó frente a un desconcertado Miguel de Unamuno “Viva la muerte”. Sigue leyendo

El Cuento del Niño Malo

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim; aunque si se fijan, habrán observado que en los libros de la escuela dominical los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño, y no obstante cierto, que este se llamaba Jim.

Tampoco este niño tenía a la madre enferma: una madre piadosa y enferma con tisis, que con gusto yacería en su tumba y descansaría por fin, si no fuera por el mucho amor que prodigaba a su hijo y por la angustia de que el mundo fuera duro y cruel con él cuando ella faltase. La mayoría de los niños malos de los libros de las escuelas dominicales se llaman James y tienen madres enfermas que les enseñan a decir: «Ahora voy a acostarme…», etcétera, y les arrullan con voz dulce y plañidera, y les dan un beso de buenas noches, arrodilladas junto a la cama y llorando en silencio. Con este ocurría todo lo contrario. Se llamaba Jim y a su madre no le pasaba nada malo: ni tenía tisis ni nada por el estilo. Era más bien robusta, y no era piadosa; y lo que es más, no se preocupaba en absoluto por su hijo. Solía decir que si se rompía la cabeza no iba a perderse gran cosa. Le mandaba a la cama con un sopapo, y jamás le daba un beso de buenas noches; al contrario, antes de dejarlo acostado, le daba unos pescozones detrás de las orejas. Sigue leyendo