Razón instrumental y razón dialéctica

El logro esencial de Kant es separar radicalmente la razón instrumental de la razón especulativa o dialéctica, no quedando esta última condenada a la ilegalidad sino referida a una legalidad diferente. Quizá esta escisión fundamental no es más que la interiorización definitiva de la división del trabajo, que hiende el espíritu para dominar mejor al hombre. En todo caso, desde un punto de vista histórico, Kant no sólo no acaba con la metafísica especulativa, sino que acelera su más alto cumplimiento, al destacar el definitivo papel del sujeto en la constitución del objeto. Libre, por obra del mismo Kant, del modelo de la ciencia experimental, la especulación metafísica, es decir, el ejercicio de la razón pura, levanta sus más audaces construcciones: los sistemas de Fichte, Hegel y Schelling. Sigue leyendo

El Árbol del Orgullo

Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la trasmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.

Gilbert Keith Chesterton

La Granada

“La granada es corazón que late sobre el sembrado,
un corazón desdeñoso donde no pican los pájaros,
un corazón que por fuera es duro como el humano,
pero da al que lo traspasa olor y sangre de mayo”.

Federico García Lorca

La granada me remite a mi infancia, donde un amigo de mi padre poseía un granado en su huerto y era el fruto deseado en cada visita. Un fruto muy particular, un fruto que no podía comerse a borbotones, requería de trabajo atravesar su delgada y resistente cascara que protegía con firmeza, como lo hacen nuestros templos, el dulce néctar de sus semillas en el interior del mundo exterior. A su vez estas semillas se agrupan en pequeñas bolsas de unas cuantas que bien pueden representar nuestras logias, que todas inter-relacionadas y unidas conforman el universo del fruto, así como nuestras logias conforman el universo masónico. Sigue leyendo

Nenette, o la curiosa historia del matrimonio de Don Atahualpa Yupanqui con Pablo del Cerro.

Muchas de las más bellas canciones del folklore argentino están firmadas por Atahualpa Yupanqui y Pablo del Cerro. Esta es nota la increíble historia de estos dos grandes autores y compositores que en realidad eran… marido y mujer.

Y aquí comienza el relato: Héctor Roberto Chavero nació en el Campo de la Cruz, en José de la Peña, Partido de Pergamino en el norte de la provincia de Buenos Aires, el 31 de enero de 1908. Y falleció en Nimes, Francia, el 23 de mayo de 1992. Cuando tenía apenas trece años y para firmar algunas incipientes colaboraciones literarias en el periódico escolar, Roberto comenzó a utilizar el nombre Atahualpa en homenaje al último soberano inca. Algunos años después le agregó el Yupanqui que llevaría toda su vida. La traducción de estos nombres, unidos, serviría luego para significar de manera inmejorable el destino de aquel niño: Ata significa venir; Hu, de lejos; Allpa, tierra; Yupanqui, decir, contar; de donde bien podemos deducir que con ellos se expresa: “El que vino de lejanas tierras a decir… a contar”. Sigue leyendo

Johann Sebastian Bach y la música fractal:

Un canto matemático al orden del universo.

La Geometría Fractal es la rama de las matemáticas que ha sido
creada más recientemente, concretamente a finales del siglo XX.
Hasta ese momento se intentaba aplicar la geometría tradicional
para estudiar puntos, líneas, planos y volúmenes, describiendo y
estudiando objetos de la vida cotidiana y elementos construidos
por los seres humanos.

“Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas
no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los
relámpagos viajan en una línea recta”

(Benoit Mandelbrot, científico considerado como el padre de la geometría fractal)

Esta geometría trata de modelar y describir muchos
fenómenos naturales y experimentos científicos,
y se ha transformado en pocos años en una herramienta
multidisciplinar utilizada por científicos, médicos,
artistas, sociólogos, economistas, meteorólogos,
músicos, informáticos…

“La geometría fractal es un nuevo idioma que, una vez aprendido,
nos permitirá describir la caprichosa forma de una masa nubosa tan
precisamente como un arquitecto describe en sus planos la casa a
construir”.

(Michael Barnsley, profesor de la universidad Nacional de Australia)
Sigue leyendo

Emilio Salgari

“A vosotros, que os habéis enriquecido
con mi piel, manteniéndome
a mí y a mi familia en una continua
semimiseria o aún peor,
sólo os pido que, en compensación
por las ganancias que os he proporcionado,
os ocupéis de los gastos de mis funerales.
Os saludo rompiendo la pluma”.

Emilio Salgari.

Para los que peinamos canas, los que ya ni canas peinan y también para los que las esconden tras algún producto como La Carmela, el nombre de Sandokán significa el de un héroe mayúsculo. Junto al suyo se agregan el de su leal amigo Yáñez de Gómera y el de sus compañeros de aventuras Sambigliong, Giro Batol, Kammamuri y el cazador de serpientes Tremal Naik. Todos ellos creados por la pluma de Emilio Salgari, quien nació en Verona el 21 de agosto de 1861.

Salgari frecuentó la Escuela Técnica y el Instituto Naútico de Venecia, sin terminar los estudios. De regreso a Verona se convirtió en periodista de la Nuova Arena, donde publica por entregas las novelas El tigre de la Malasia y La favorita del Madhi.

Muchos fuimos los que nos iniciamos en las novelas de aventuras con las voces que nos traía la radio y los amarillentos libros de la colección Robin Hood de la Editorial Acme. Junto a Sandokán y otros héroes salgarianos, como el Corsario Negro y su familia, nos llegaban verdaderas joyas de la literatura universal. Pero fue Salgari el autor de esas más de ochenta novelas de aventuras que abonaron nuestro imaginario, y cabe señalar que todo lo escribió sin salir de la redacción del periódico donde trabajaba. Vale decir que este fallido estudiante de navegación que, si bien amante del mar, nunca posó su mirada allende el Adriático, describió como nadie el océano Índico y el mar Caribe entre otras geografías a las que tampoco conoció. Sigue leyendo