Sol blanco

Siberia, 1919. Un ejército de fantasmas llamado La Legión Checa tiene el control del Transiberiano. Ignoran que la guerra ya ha terminado, allá en Europa; ellos siguen en Siberia, y el confín del mundo se les ha subido a la cabeza en forma de delirio: mientras el bueno de Tomáš Mazaryk intenta sacarles permiso a los vencedores para que las antiguas provincias de Bohemia y Eslovaquia del imperio vencido puedan convertirse en la República de Checoslovaquia, La Legión anuncia desde Siberia que esa lonja de tres metros de ancho por nueve mil kilómetros de largo, que va desde el límite de Europa hasta el Océano Pacífico, es suelo checo.

Esto sucede mientras en Rusia hay una salvaje guerra civil. Los bolcheviques han creado el Ejército Rojo para combatir el Ejército Blanco, de zaristas, cosacos y mencheviques. Ambos bandos necesitan el control del Transiberiano para vencer: sin tren es imposible trasladar hombres y armas por aquel territorio tan vasto. Por eso es que ninguno de los rivales logra imponerse al otro, y La Legión Checa ya les está colmando la paciencia a todos. Los blancos acusan a la Legión de haberse quedado con el oro de los Romanov; los bolcheviques necesitan ese oro más que los blancos. La Legión Checa son cincuenta mil desharrapados en uniformes de diferentes ejércitos, un bestiario de cuero y pieles desparramado en lotes de cien por las paradas del Transiberiano. Son irremediablemente extranjeros en aquel territorio que defienden como suelo patrio, son una incongruencia hasta para ellos mismos, pero nadie puede moverlos de su estratégica posición a lo ancho de toda Rusia porque las vías del tren son suyas. Sigue leyendo

La tía Daniela

La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota. Lo había visto llegar una mañana, caminando con los hombros erguidos sobre un paso sereno y había pensado: “Este hombre se cree Dios”. Pero al rato de oírlo decir historias sobre mundos desconocidos y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.

Era tan sabia que ningún hombre quería meterse con ella, por más que tuviera los ojos de miel y una boca brillante, por más que su cuerpo acariciara la imaginación despertando las ganas de mirarlo desnudo, por más que fuera hermosa como la virgen del Rosario. Daba temor quererla porque algo había en su inteligencia que sugería siempre un desprecio por el sexo opuesto y sus confusiones.
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El hambre

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.

Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos. Sigue leyendo

El eterno militar

Después de la batalla (de Quebracho Herrado) me acuerdo que el coronel dio orden de enterrar a los muertos. El sargento Saldívar y ocho soldados se encargaron de la macabra operación. Me acuerdo que le dije a Saldívar: “Pero oiga, sargento, que algunos no están muertos y ustedes los entierran lo mismo. Escúcheles quejarse”. Y el sargento me contestó: “Si usted les va a hacer caso a ellos, ninguno estaría muerto”. Y siguió, no más, con la tarea. Por esa salida lo ascendieron a sargento mayor.

Marco Denevi

Cuento memorable

–Esa de negro que sonríe desde la ventana del tranvía se parece a Mme. Lamort –dijo–.

–No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París, sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.

–Usted coincide conmigo –dijo–, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.

–¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.

–Mme. Lamort –dijo–. ¿Y usted?

–Mme. Lamort.

–Su nombre no deja de recordarme algo –dijo.

–Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.

–Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París –dijo.

–No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe lo que va a pasar.

–Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.

Alejandra Pizarnik

Artificios

–Mujer, ¿cuánto te ha costado esta espumadera?

–1,90.

–¿Cómo, tanto? ¡Pero es una barbaridad!

–Sí; es que los agujeros están carísimos. Con esto de la guerra se aprovechan de todo.

–¡Pues la hubieras comprado sin ellos!

–Pero entonces sería un cucharón y ya no serviría para espumar.

–No importa; no hay que pagar de más. Son artificios del mercado de agujeros.

Macedonio Fernández

 

Al Abrigo

Un comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda mano descubrió una vez que en un hueco del respaldo una de sus antiguas propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón –muerte, olvido, fuga precipitada, embargo– el diario había quedado ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto, comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo. Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su casa, al abrigo del mundo, algo escondido –un diario, o lo que fuese–, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en el altillo, en una caja de lata disimulada entre revistas viejas y trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes, que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván. Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar de vez en cuando un billete al rollo carcomido. Mientras encendía el letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo: buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el arrabal del universo.

Juan José Saer

Un hombre sin suerte

El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi. –Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento. La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar. Cuando Sigue leyendo

Sobremesa

“El tiempo, un niño que juega y mueve los peones.”

Heráclito, fragmento 59.

Carta del doctor Federico Moraes

Buenos Aires, martes 15 de julio de 1958.

Señor Alberto Rojas, Lobos, F.C.N.G.R.

Mi querido amigo: Como siempre a esta altura del año, me invade un gran deseo de volver a ver a los viejos amigos, tan alejados ya por esas mil razones que la vida nos va obligando a acatar poco a poco. Usted también, creo, es sensible a la amable melancolía de una sobremesa en la que nos hacemos la ilusión de haber sido menos usados por el tiempo, como si los recuerdos comunes nos devolvieran por un rato el verdor perdido. Naturalmente, cuento con usted en primerísimo término y le envío estas líneas con suficiente antelación como para decidirlo a abandonar por unas horas su finca de Lobos donde el rosedal y la biblioteca tienen para usted más atractivos que todo Buenos Aires. Anímese, y acepte el doble sacrificio de subir al tren y soportar los ruidos de la capital. Cenaremos en casa, como en años anteriores, y estaremos los amigos de siempre, con excepción de… Pero antes prefiero dejar bien establecida la fecha para que usted se vaya haciendo a la idea; ya ve que lo conozco y que preparo estratégicamente el terreno. Digamos, entonces, el… Sigue leyendo

Perdonando a Dios

Iba caminando por la avenida Copacabana y miraba distraída los edificios, un retazo de mar, la gente, sin pensar en nada. Todavía no me había dado cuenta de que en realidad no estaba distraída, tenía una atención sin esfuerzo, estaba siendo una cosa muy insólita: libre. Lo veía todo y al azar. Poco a poco empecé a notar que estaba notando las cosas. Mi libertad entonces se intensificó un poco más sin dejar de ser libertad. No era un tour de propietaire, nada de aquello era mío, ni yo quería que lo fuese. Pero creo que me veía satisfecha con lo que veía.

Tuve entonces un sentimiento del que nunca había oído hablar. Por puro cariño me sentí la madre de Dios, que era la Tierra, el mundo. Por puro cariño, tal cual, sin ninguna prepotencia o gloria, sin el menor sentido de superioridad o de igualdad, yo era, por cariño, la madre de lo que existe. Supe también que si todo aquello “era realmente” lo que yo sentía –y no un posible equívoco del sentimiento– entonces Dios, sin ningún orgullo, sin ninguna pequeñez, se dejaría querer, y sin ningún compromiso conmigo. Le resultaría aceptable la intimidad con la que yo le daba mi cariño. El sentimiento era nuevo para mí, pero muy seguro, y la única razón por la que no se había dado antes era porque no había sido posible. Sé que se ama lo que es Dios. Con un amor grave, un amor solemne, con respeto, miedo y reverencia. Pero nunca me habían hablado de un cariño maternal por Él. Y así como mi cariño por mi hijo no lo reduce sino que incluso lo ensancha, del mismo modo ser la madre del mundo era mi amor simplemente libre. Sigue leyendo