Los Ejes de la Filosofía de las Sospechas

Filosofía de la sospecha es una etiqueta bastante simplificadora, pero que desde que la propuso Paul Ricoeur (1913-2005) en su libro «De l’interprétation. Essai sur Freud» (1965) ha sido usada pedagógicamente para describir el carácter común del pensamiento de Marx, Nietzsche y Freud. Los filósofos de la sospecha ponen en crisis la sociedad tradicional, tienen un amplio horizonte utópico y defienden que la mejora del individuo pasa por la transformación de la sociedad (Marx) y por la destrucción de todo cuanto impide a los seres humanos expresar su auténtica naturaleza (la alienación en Marx, el nihilismo en Nietzsche o la represión de los instintos sexuales en Freud). Los ejes de la sospecha son básicamente cuatro: la religión, la política, la sociedad y la ética.

RELIGIÓN

En lo que hace referencia a la religión, el pensamiento de la sospecha enuncia una serie de afirmaciones de tipo materialista y ateo. Para Marx, Nietzsche y Freud, en la senda abierta por Feuerbach, la verdad de la teología se halla en la antropología. Es el hombre insatisfecho, miedoso, el que crea la divinidad y no al revés: Sigue leyendo

John Dee

“¿Pero nunca has echado una ojeada a la Mónada Jeroglífica de John Dee, el talismán que debiera concentrar todo el saber del universo?”

Umberto Eco, El péndulo de Focault

John Dee (1527 – 1608 o principios de 1609) fue un consultor de la reina Isabel I. que dedicó gran parte de su vida al estudio de la alquimia, la adivinación y la filosofía hermética.

Dee incursionó en los mundos de la ciencia y de la magia tal y como estaban siendo distinguidos. Uno de los hombres más eruditos de su época, notorio matemático, astrónomo, astrólogo, ocultista y navegante fue invitado a disertar sobre álgebra avanzada en la Universidad de París, cuando aún no superaba la veintena.

En uno de los numerosos tratados que Dee escribió en los años 1580 alentando las expediciones exploratorias británicas en busca del Paso del Noroeste, parece haber acuñado (o al menos introducido en imprenta) el término «Imperio británico». Sigue leyendo

«Cuando oigo la palabra cultura, echo mano a la pistola»

Muchas frases han venido viajando desde remotos tiempos y han anclado en la memoria de muchos por la fuerza de sus significados. Claro que, en más de un caso, se confunden los autores. A veces los errores se justifican en lecturas apuradas, por ejemplo:

“El lobo es lobo del hombre” no es una frase de Hobbes. Es cierto que Thomas Hobbes la utilizó para su magnífica obra “Leviatán”, pero la autoría de “Homo homini lupus” es del comediógrafo latino Plauto (254–184 a.C.) quien la incluyó en su obra “Asinaria”.

Hobbes nunca quiso adueñarse de la autoría de la frase, simplemente, la citó; como ambién lo hizo con otra expresión en latín: “Bellum omnium contra omnes” (“Guerra de odos contra todos”), pero esto hizo que muchos consideraran que él las había acuñado. Sigue leyendo

A Camille Claudel

Camille nació un 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, en Fère-en-Tardenois Fère-en-Tardenois, un pueblecito del norte de Francia. Corría el año 1864. Ella tenía tan solo seis años cuando comenzó la guerra Franco-prusiana que terminó con el imperio de Napoleón III, y poco más de diez años después de la derrota francesa, en 1871, se mudó a París junto con su madre y su hermana. Camille ya había dado muestras de un talento singular para las artes plásticas, y corrían en París los dorados años de la Belle Époque.

Montparnasse, el mítico “quartier” que albergaba a los artistas más exquisitos, fue el barrio elegido por la familia. De todas maneras, había algunas pequeñas cosas para las que la liberalidad de entonces parecían no tener importancia. Por ejemplo, la Escuela de Bellas Artes no aceptaba mujeres entre sus alumnos. Por eso Camille, gracias a la influencia de su padre, fue aceptada en la Académie Colarossi que por entonces contaba entre sus docentes dirigía al maestro escultor Alfred Boucher. Dos años después, en 1883, Boucher viajó a Italia y recomendó a su brillante alumna para que fuera aceptada por el ilustre Auguste Rodin. Sigue leyendo

Una Visita a San Martín

(Diario de un viaje a Europa)

Por Juan Bautista Alberdi

París, 14 de Septiembre de 1843

El primero de septiembre, a eso de las once de la mañana, estaba yo en casa de mi amigo el señor D.M.J. de Guerrico, con quien debíamos asistir al entierro de una hija del señor Ochoa (poeta español) en el cementerio de Montmartre. Yo me ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de la partida, de la lectura de una traducción de Lamartine, cuando Guerrico se levantó exclamando:- ¡El General San Martín! Me paré lleno de agradable sorpresa a ver la gran celebridad americana, que tanto ansiaba conocer. Mis ojos elevados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición.

Entró, por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común ¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores de América! Por ejemplo: Yo le esperaba más alto y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado y no es más que un hombre de color moreno de los temperamentos biliosos. Yo le suponía grueso, y, sin embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha parecido más bien delgado. Yo creía que en su aspecto y porte debía tener algo de grave y solemne; pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llaneza de un hombre común. Al ver el modo cómo se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Sigue leyendo

Septiembre: De Opiniones (o de «doxas» y hasta «endoxas»)

“Dadme dos líneas escritas a puño y letra por el hombre más honrado, y encontraré en ellas motivo para hacerlo encarcelar…”

Armand Jean du Plessis

Cardenal-duque de Richelieu, duque de Fronsac y par de Francia

¡Ay de las exégesis! (sobre todo si son sesgadas). Siempre coinciden, como en “La falacia del francotirador” (“Texas Sharpshooter Fallacy” o “Falacia del viejo Matt”), con las predilecciones o las intenciones del opinante. Y las predilecciones son producto, y luego nutriente para su latencia, de cualquier dogma.

La falacia del francotirador narra que el viejo Matt, un cow-boy de Texas, disparó con su rifle varios balazos contra una pared, y luego dibujó dianas alrededor de los agujeros dejando a estos en los centros. Se dice que los que pasaban frente a esa pared, decían: “¡Qué buena puntería tiene el viejo Matt!” Sigue leyendo

Audrey Hepburn

Audrey Kathleen Ruston, más conocida artísticamente como Audrey Hepburn, nació en Bruselas, Bélgica, el 4 de mayo de 1929 y falleció en Tolochenaz, Suiza, el 20 de enero de 1993. Tenía sesenta y tres años. Ese mismo día, Elizabeth Taylor dijo: “Dios estará contento de tener un ángel como Audrey con Él”.

El American Film Institute nombró a Hepburn como la tercera actriz femenina más relevante de todos los tiempos. La preceden: Katharine Hepburn y Bette Davis.

Ganó un Oscar por su primer papel protagónico en “Roman Holiday” (1953) dirigida y producida por William Wyler, con actuación de Gregory Peck. Su personaje fue: “la princesa Anna”, aquí se tituló: “La princesa que quería vivir”. La película fue propuesta como candidata a siete Premios de la Academia, obteniendo tres: mejor actriz para Hepburn, mejor diseño de vestuario para una película en blanco y negro para Edith Head y otro para Dalton Trumbo al mejor argumento. Originalmente, Trumbo no recibió créditos en el filme debido a que se encontraba en la «lista negra de Hollywood» por acusaciones de tener simpatía por el Partido Comunista de los Estados Unidos. Póstumamente se le restituiría en los créditos de la película y su Premio Óscar. Sigue leyendo

Pierre Teilhard de Chardin

“La ciencia sin religión está renga y la religión sin ciencia está ciega”.

Albert Einstein

A propósito de la frase del epígrafe, dice César Noragueda (Hipertextual Enero 2016) que así se autodefinía Einstein: “Soy un no-creyente profundamente religioso. De alguna forma, esta es una nueva clase de religión. (…) Nunca he atribuido a la Naturaleza ningún propósito u objetivo, ni nada que pueda entenderse como antropomórfico. Lo que yo percibo en la Naturaleza es una estructura magnífica que solo podemos comprender muy imperfectamente, y eso debe llenar a cualquier ser pensante de un sentimiento de humildad. Este es un sentimiento genuinamente religioso que nada tiene que ver con el misticismo”. Sigue leyendo