«Ferdydurke»: Witold Gombrowicz

Prefacio

Creo que fue en 1939 cuando por primera vez leí algo de Gombrowicz. Yo vivía aún en La Plata, donde habíamos inventado con mi amigo el astrónomo Miguel Itsigzohn un tipo de humor paranoico que denominamos margotinismo. Con los años aprendí que tales invenciones en rigor son siempre descubrimientos, y que aquella reacción un poco demencial contra un universo deshumanizado era casi inevitable. Fue por entonces cuando me llegó la revista Papeles de Buenos Aires, que dirigía Adolfo de Obieta. Con estupor leí el cuento titulado Filifor forrado de niño, de un desconocido de nombre polaco: Witold Gombrowicz. Corrí a buscar a Miguel, con la revista en la mano. Nos pareció de pronto milagroso que algo tan aparentemente descabellado como el margotinismo (y, por lo tanto, producto de la pura casualidad) pudiera surgir en otro remoto lugar de la tierra, con características tan similares. Sigue leyendo

Menguele y los Siete Enanitos

La noción de un beneficio secundario de la enfermedad fue introducida por Freud en su análisis de Dora («Fragmento de análisis de un caso de histeria»), como comentario a la intención atribuida a su paciente de alejar a su padre de la Señora K., suscitando su compasión por medio de sus desvanecimientos. Freud comienza por distinguir los «motivos» (Motiv) de la enfermedad, de los modos que ésta puede revestir, es decir, del material con el que son formados los síntomas. Una nota añadida al texto de este análisis, no obstante, nos permite asistir a una evoluión de l pensamiento de Freud entre 1905 y 1923. «Los motivos de la enfermedad – escribe en 1905- no participan de la formación de los síntomas, ni tampoco están presentes desde el principio de la enfermedad; sólo se suman secundariamente, y la enfermedad no queda plenamente constituida sin su aparición. Es preciso contar con la presencia de los motivos de la enfermedad en todo caso que implique un verdadero sufrimiento y que sea de una duración bastante larga. Sigue leyendo

Pensamiento de Stanislaw Jerzy Lec

Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla.

No os dejéis imponer la libertad de expresión antes que la libertad de pensamiento.

La libertad de los esclavos se mide por la longitud de la cadena.

Al derribar las estatuas, respetad los pedestales. Siempre pueden ser útiles.

¿Quieres ahogar la voz de tu corazón? Conquista el aplauso de la multitud.

¡El hombre no está solo! Alguien lo vigila.

Cuando griten: “¡Viva el progreso”!, pregunta siempre: “¿El progreso de qué?”.

Cuando quiere soñar con la libertad, se pone un gorro de noche en forma de gorro frigio.

El que busca el cielo en la tierra se ha dormido en clase de geografía.

¿Si los caníbales comenzaran a utilizar el tenedor, consideraríamos a esto progreso?

¡Cómo ayuda la ceguera a dar en el blanco!

La primera obligación de la inteligencia es desconfiar de ella misma.

Muchos que quisieron traer luz, fueron colgados de un farol.

Todo el mundo se hace su soga al cuello en el color que más le gusta.

La Tierra: ¡ese punto debajo de un signo de interrogación!

Cada clase tiene su propia burguesía.

Stanislaw Jerzy Lec (1909 – 1966)

escritor, poeta y aforista polaco

Saer

La noticia de la muerte de Juani Saer me golpeó fuerte. Sabía que estaba enfermo, cáncer de pulmón, pero también que lo estaba peleando bastante bien. Me dicen que una hepatitis lo agarró con la guardia baja y terminó con él.

Los diarios y la televisión dan cuenta detallada de sus libros, de su estilo literario, de sus premios. “Ha muerto un gran escritor argentino”. Sí, sin dudas lo era; pero para mí el que murió es, además, un amigo de una adolescencia y juventud bohemia, un compañero de andanzas, un “santafecino de veras”. Abro uno de sus libros, “Responso”, y releo la dedicatoria: “A Marcelo, con el afecto de su amigo de noches y a irrecuperables. Santa Fe, junio 18 de 1965”. Sí, las noches del verano del 62 en la terraza del Gordo Gavilán, en los altos del “Chipen” de 25 de mayo casi Salta, con el “Tuno” Calderón Leiva y su guitarra, el “Loli” Dalevsky, Carlino, el rengo Montiel.

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El Interprete

Ahora me paseo por la orilla del mar, sobre una arena más lisa y más amarilla que el fuego. Cuando me paro y miro para atrás veo la guarda entrecruzada de mis pasos que atraviesa intrincadamente la playa y viene a terminar justo bajo mis pies. El borde blanco, intermitente, de espuma blanca, separa la extensión amarilla de la playa de la celeste del mar. Si miro el horizonte, me parece que empezaré a ver, otra vez, los barcos carniceros avanzando desde el mar hacia la costa, puntos negros primero, filigranas llenas de coladuras más tarde, y, por último cascos panzones sosteniendo las velas y una selva de palos y de cables deslizándose rígida hacia adelante y mostrando de un modo gradual la fiebre de una muchedumbre de hombres activos. Cuando los vi, cerré los ojos porque sus pechos de piedra cintilaban, y el rumor del metal y de las voces ásperas me dejó sordo por un momento. Me avergoncé de nuestras ciudades toscas y humildes y comprendí que no eran nada ni el oro ni las esmeraldas de Ataliba (que ellos pulverizaban a martillazos buscando la pepita, como se hace con una nuez), ni los grandes corredores pavimentados y amurallados de plata, ni nuestros calendarios de piedra, inmensos, ni la guarda imperial que reaparece, una y otra vez, en las fachadas, en la vestimenta de la corte y en los cacharros. Vi fluir desde el mar un chorro desplegado de gloria y abundancia. Los carniceros tocaron con una cruz la frente del niño que yo era, me dieron un nombre nuevo, Felipillo, y después, lentamente, me enseñaron su lengua. Sigue leyendo

El Diluvio

Zeus, para mejorar la raza humana, ordenó a Eolo y Poseidón que anegaran la tierra.

Diluvió. Mares y ríos se juntaron. Inmensas ciudades inmersas. Los hombres se defendieron construyendo balsas y embarcaciones. Vislumbraban, en el fondo del agua, el techo de sus casas y confiaban en que alguna vez podrían retornar. Entre tanto, remaban sobre sus huertos y se zambullían para coger manzanas; pescaban peces que andaban como pájaros por entre las ramas más altas de los nogales.

Entonces, antes de que Zeus volviera a poner las cosas como estaban, las sirenas acudieron presurosas de todas partes y aprovecharon esa ocasión única para recorrer, con ojos asombrados, las calles sumergidas por donde habían caminado los fabulosos hombres.

Hoy le menti a mi madre

Mi madre siempre fue una mujer sincera, transparente, y hoy le mentí; y eso no me lo perdono. Mi madre, es una mujer que combina en su personalidad la dulzura y el cuidado amoroso, el empeño, la inteligencia y la meticulosidad; cualidades que la llevaron a ejercer el oficio de la enfermería. A pesar de ser una mujer informada y culta, carece conocimientos en el ámbito del derecho y las leyes, por lo que suele preguntarme algunas cosas que no entiende de “la política y la justicia”.

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Goethe

El 28 de agosto del año 1749, nació en Fráncfort del Meno el poeta novelista, dramaturgo y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe, quien fue contribuyente fundamental del Romanticismo, movimiento al que influyó profundamente.

De inteligencia superdotada y provisto de una enorme y enfermiza curiosidad, hizo prácticamente de todo y llegó a acumular una omnímoda o completa cultura. En primer lugar estudió lenguas, aunque sus inclinaciones iban por el arte y nunca, a lo largo de toda su vida, dejó de cultivar el dibujo; al tiempo que escribía sus primeros poemas, se interesó por otras ramas del conocimiento como la geología, la química y la medicina.

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